Una imagen casi poética: una izquierda que habla de unidad, pero que llega a las urnas del 29N fragmentada
Frente Amplio y Podemos concurrirán por separado en la mayoría de España a las elecciones generales del 29 de noviembre. Solo han logrado ponerse de acuerdo en Canarias y en la Comunitat Valenciana. En cambio, en Madrid y Barcelona (donde se juegan buena parte de los escaños) competirán con candidaturas distintas, porque, al parecer, la unidad es una idea estupenda siempre que no implique compartir lista.
A ver, que lo de la fragmentación no es un detalle menor ya que puede decidir cuántos diputados obtiene el espacio situado a la izquierda del PSOE y, de paso, si ese espacio tendrá algún peso real en el próximo Gobierno o si se conformará con hacerse fotos de campaña.
La ruptura tiene rostro, y no es precisamente anónimo. Frente Amplio, integrado por IU, Movimiento Sumar, Más Madrid y los comunes, presentará a Ada Colau como candidata a la Presidencia del Gobierno y a Emilio Delgado al frente de la lista por Madrid. Podemos, por su parte, llevará a Irene Montero como número uno por Madrid.
Como casi todos sabemos, las negociaciones se alargaron hasta el último minuto del pasado 16 de octubre (Día del pan y del jefe...), como mandan los cánones. Pero no bastaron. Las discrepancias por los liderazgos y el acuerdo de Podemos con ERC en Cataluña acabaron bloqueando una candidatura común en las circunscripciones decisivas.
El resultado ya lo conocemos: en Canarias y en la Comunitat Valenciana, listas unitarias, y en el resto del país, dos papeletas que se disputan un electorado sospechosamente parecido.
El problema no es ideológico, es de cuentas
Desde fuera, puede parecer una discusión entre siglas, pero
en la política electoral, las siglas tienen consecuencias muy concretas.
El sistema español reparte escaños por provincias y castiga con especial dureza a las candidaturas pequeñas. En provincias con pocos diputados, una fuerza puede tener votos suficientes para uno o dos escaños y puede perderlos si esos votos se reparten entre dos listas.
Atendiendo a lo expresado se explica que la división no afecta igual a todos los territorios. En Madrid o Barcelona, con mayor número de escaños, Frente Amplio y Podemos tienen más margen para obtener representación por separado. En provincias pequeñas, en cambio, la fragmentación puede dejar a ambas fuera del Congreso.
La pregunta no es solo cuántos votos suman las dos candidaturas, sino cómo se reparten esos votos provincia a provincia. Ahí está la clave. Y también la ironía si se pone la atención en dos fuerzas que dicen querer cambiar el país y pueden acabar sin representación en media España por no querer compartir una lista.
El voto útil vuelve a escena
Cuando un votante percibe que su opción preferida tiene
pocas posibilidades de conseguir escaño, suele plantearse la pregunta tan real como incómoda: ¿Para qué votar a este partido si no va a servir de nada?
Y claro, llegamos al razonamiento que alimenta el llamado voto útil. En este caso, puede empujar a parte del electorado de izquierda alternativa hacia el PSOE, presentado como la única opción capaz de frenar al PP y sostener un Gobierno progresista.
Si prestamos atención a las encuestas disponibles encontramos que sitúan al PSOE en torno al 26% y al conjunto de la izquierda alternativa en torno al 8%, con Podemos cerca del 2,6%. La distancia no es enorme, pero en un sistema tan sensible a la fragmentación, unos puntos pueden significar la diferencia entre tener grupo propio o quedar reducido a una presencia testimonial.
El PSOE gana en la papeleta, pero no necesariamente el
Gobierno
Para los socialistas, la división tiene una lectura inmediata favorable si pensamos en que tendrá menos competencia a su izquierda y más espacio para presentarse como el voto útil del bloque progresista. Pero el cálculo cambia cuando se mira más allá del día de la elección.
Un PSOE que gane escaños gracias a la fragmentación de sus socios potenciales puede encontrarse después con una izquierda alternativa debilitada, con menos capacidad de negociación y menos peso parlamentario. Es decir: puede ganar la batalla electoral y perder parte de la capacidad de gobernar.
Ante esta imagen que podría arrojar el resultado del 29N, la paradoja es evidente: la división de la izquierda puede beneficiar al PSOE en las urnas, pero reducir su margen de maniobra de cara a la Moncloa. Una victoria con sabor agridulce.
¿Ruptura de fondo o crisis de liderazgos?
No todo son cuentas ni cuentos. También hay una cuestión de identidad política.
El recién nacido Frente Amplio surge con la voluntad de agrupar a las fuerzas de izquierda alternativa y evitar la dispersión. Pero al no incorporar a Podemos en las circunscripciones clave, reproduce en parte el problema que decía querer resolver.
Podemos, por su lado, apuesta por mantener una identidad propia, ligada a su historia y a perfiles políticos muy reconocibles (a casi todos nos viene a la cabeza la misma imagen de casi siempre). La pregunta es si esa apuesta le permite sobrevivir electoralmente o si lo condena a una presencia cada vez más marginal.
Está claro que, en el fondo, la disputa no es solo por liderazgos. Es por quién representa la izquierda alternativa y quién tiene derecho a encabezarla. Una cuestión de principios, claro. Y de número uno en la lista.
Tres escenarios posibles
Escenario 1: fragmentación contenida. Frente Amplio se consolida como segunda fuerza de la izquierda y Podemos conserva presencia en algunos territorios. El PSOE sigue siendo hegemónico, pero necesita apoyos para gobernar.
Escenario 2: colapso parcial. Una de las dos papeletas queda por debajo del umbral en numerosas provincias. El PSOE gana centralidad, pero el bloque progresista pierde capacidad de gobierno.
Escenario 3: competencia intensificada. Ambas fuerzas logran representación en las grandes circunscripciones y el debate se polariza dentro de la izquierda. Puede aumentar la movilización, pero también alimentar la narrativa de bloqueo.
Lo que está en juego
Más allá de escaños, lo que se juega el 29N es la arquitectura de poder del bloque progresista. Si la izquierda alternativa sale debilitada, el PSOE tendrá más margen para gobernar en solitario o con apoyos puntuales. Si logra mantener presencia, tendrá más capacidad de influencia y negociación.
En cualquier caso, ante el escenario dibujado, la respuesta no la darán los líderes. La darán los votantes, provincia a provincia, papeleta a papeleta. Y quién sabe si con una pinza en la nariz, la mano en la cartera o el corazón en un beso volado.

Comentarios
Publicar un comentario