Ávila desveló “Los secretos de palacio” sin pedirnos que guardáramos el secreto
Surgen conferencias que uno escucha y olvida al salir de la sala, y otras que permanecen un poco más, como una conversación bien dicha, de esas que siguen acompañando durante el camino de vuelta. “Los secretos de palacio”, de Alberto Ávila García (economista, experto en comunicación política y director del Gabinete de la presidenta del Cabildo de Tenerife), pertenece claramente a esta segunda clase.
Por cuestiones que no vienen al caso, me he permitido dejar
pasar unos días para sintetizar y compartir lo “absorbido” en la ponencia que
tuvo a bien invitarme Alberto y que impartió el pasado 19 de mayo. Rodeada de
muchísimas caras conocidas de estos veintitantos años de profesión, respirando
un clima agradable y nada crispado -lejos de lo que parece ser la tónica
general cada día más-, me quedo con que fue una charla inteligente, serena y
llena de matices, construida con oficio y contada con una naturalidad que hacía
fácil seguir cada idea, incluso cuando se adentraba en los territorios más complejos
de la comunicación política.
Ávila, perfectamente aderezado (como es habitual) no solo
nos adornó la vista sino también la mente. Habló de poder, de estrategia y de
política desde un lugar poco habitual: el de quien conoce las entrañas del
ajedrez, sin dudar sobre qué casilla ocupa en su posición de alfil, en unos
casos; de caballo -si se tercia-, o de torre, si su movimiento es oportuno para
enrocar a la figura más valiosa del tablero.
Su manera de exponer las ideas tuvo algo de conversación
honesta y algo de partida bien pensada, como si fuera moviendo las piezas con
calma, midiendo cada paso y dejando ver que en política nada ocurre por
casualidad. El ajedrez, precisamente, sirvió como una de las imágenes más
sugerentes de la conferencia, una forma de explicar que en ese juego de
equilibrios no gana quien más ruido hace, sino quien sabe leer mejor el
movimiento del otro.
En su relato, el poder no apareció como una posesión ni como
una bandera, sino como una responsabilidad cargada de símbolos, de tiempos y de
formas. Y ahí estuvo una de las virtudes de la charla y que consistió en recordar
que gobernar no consiste solo en decidir, sino también en saber contar, situar
y enmarcar lo que se decidía. Porque decidir, decidimos todos casi todo el
tiempo, pero poder, lo que se dice poder, para ejecutar…muy pocos.
Al respecto, Ávila lo dijo con claridad cuando dejó caer una
de esas frases que resuenan: “el poder es la capacidad de ser seguido sin
arrastrar, de ser creído sin gritar y de ser obedecido sin imponer”. En esa
idea cabía casi toda la conferencia.
Lo más atractivo de su intervención fue, quizás, la manera
en que convirtió conceptos técnicos en imágenes comprensibles y cercanas. No
explicó la comunicación política como una teoría fría, sino como una escena
viva en la que cada gesto tiene consecuencias. Habló de los marcos, de las
trampas del discurso, de la necesidad de saber cuándo ocupar el espacio y cuándo
dejar que el silencio haga su trabajo. Y lo hizo con una convicción tranquila,
sin grandilocuencia, pero con una seguridad que nace del conocimiento y de la
experiencia.
También hubo en su charla una defensa muy limpia de la
política entendida como trabajo serio, como tarea compartida, como ejercicio de
responsabilidad colectiva. Sin negar sus sombras ni sus tensiones, Ávila
pareció recordarnos que detrás de cada decisión existen personas intentando hacer
que las cosas funcionen, y que muchas veces lo importante no es solo acertar,
sino sostener con inteligencia y respeto el relato de lo que se hace.
“Los secretos de palacio” no fue, por tanto, una simple
exposición sobre comunicación política. Fue más bien una invitación a mirar el
poder con otros ojos, con menos prejuicio y más curiosidad; con más atención a
los matices y menos prisa por las etiquetas. Y fue también una muestra de cómo
se puede hablar de política sin perder la cercanía, sin renunciar a la
profundidad y sin dejar de cuidar la palabra.
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