Déjennos vivir y morir en paz
Somos seres que deambulan por la vida, intentando que sea plena para nosotros mismos como para el resto de la humanidad (dentro de nuestras posibilidades, claro).
En general somos seres anónimos para la gran mayoría, salvo que, por alguna razón, seamos útiles para los objetivos de alguien, entonces sí nos colocan en la diana con nombre y apellido, queriendo decidir por nosotros qué se debe hacer con nuestras vidas, como si les perteneciera...
Eutanasia
Todos los que hablan de vida, de dignidad, de “ejecución” o incluso de asesinato deben recordar que en nuestro país la eutanasia es legal y se aplica con garantías, acompañada por profesionales sanitarios y dentro de un marco de derechos.
Noelia era dueña de sus decisiones y no quería seguir sufriendo un dolor incalmable, fruto de una enfermedad irreversible. Lo dijo muchas veces. No quería vivir. Sin embargo, en sus últimos días, su vida ha sido utilizada como argumento por unos y otros, como si ya no le perteneciera, entonando el "te hemos fallado como sociedad" con la boquita chica y el culo apretado.
Frustración
Mientras tanto, cada día se suicidan en este país muchas personas. Personas de todas las edades, pero especialmente jóvenes que no encuentran salida ni futuro: sin oportunidades laborales, sufriendo discriminación, sin poder imaginar un proyecto de vida digna.
Si de verdad importa la vida, si de verdad se defiende, entonces hay que demostrarlo en lo cotidiano: creando oportunidades reales, facilitando el acceso a la vivienda, construyendo una sociedad en la que todos puedan sentirse parte de ella, sin importar su origen o sus apellidos.
Cuando impera el silencio
Porque la realidad es que, ante estas otras vidas, no hay el mismo ruido. No hay grandes discursos ni debates encendidos. Solo silencio. Y ese silencio se traduce en dolor para familias que quedan rotas ante la falta de respuestas.
Una amenaza de desahucio, un despido, una enfermedad, una ruptura, el maltrato o la depresión pueden empujar a cualquiera al límite. No son casos aislados sino señales de un sistema que, demasiadas veces, llega tarde o no llega.
Y quizás ahí es donde debería centrarse el debate, teniendo en cuenta en cómo evitar que las personas caigan en la desesperación, en lugar de utilizar su sufrimiento como arma política.
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