Sánchez, ¿líder europeo… o villano digital?
Pedro Sánchez ha abierto un melón incómodo, pero necesario: el de quién manda hoy en el espacio público digital, si los gobiernos democráticos o los dueños de las plataformas que llevamos en el bolsillo.
Y en ese pulso, lejos de debilitarse, su figura empieza a colocarse en el tablero europeo como la de un dirigente dispuesto a asumir el coste político de enfrentarse a los gigantes tecnológicos para proteger a los menores y recuperar soberanía democrática.
Una decisión que no va solo de niños
Como “casi” politóloga, no leo el veto a las redes para
menores de 16 años solo como una medida paternalista, sino como un intento de
responder a un problema estructural: estamos convirtiendo a la infancia en materia
prima de un mercado de atención sin reglas claras.
El Gobierno estatal plantea una prohibición total de acceso a redes
hasta los 16 años, obligando a las plataformas a implantar sistemas fiables de
verificación de edad y asumiendo que la neutralidad tecnológica es un mito
cuando hay algoritmos diseñados para enganchar a los más vulnerables.
No es casual que el anuncio se haga en un foro global como
el World Governments Summit de Dubái: Sánchez busca situar la gobernanza
digital al nivel de otros grandes debates del siglo XXI, como el del clima o la
desigualdad.
La reacción furiosa de los tecno‑oligarcas
La respuesta de “los jefes” de Telegram y X, además de otros
actores del ecosistema digital, ha sido tan inmediata como reveladora: cuando
una empresa envía un mensaje masivo a millones de usuarios alertando de
“regulaciones peligrosas que amenazan vuestras libertades en internet”, está
demostrando el enorme poder que ha acumulado para moldear el debate público.
Pável Dúrov ha acusado al Gobierno español de abrir la
puerta a la censura, de poner fin al anonimato y de avanzar hacia un modelo de
vigilancia digital, centrando la crítica en la verificación de edad y en la
responsabilidad penal de los directivos de las plataformas.
Por el otro lado, desde el Ejecutivo se replica con un mensaje muy político:
si una compañía extranjera puede inundar los teléfonos de los ciudadanos con
propaganda contra una ley que ni siquiera se ha aprobado aún, eso refuerza el
argumento de que las redes necesitan límites democráticos y reglas claras.
Europa mira… y toma nota
España no está inventando el debate, lo está empujando un paso más allá: el Parlamento Europeo ya ha pedido elevar a 16 la edad mínima de acceso a redes, en línea con la preocupación por la salud mental juvenil y los efectos adictivos de los algoritmos.
Otros países como Francia o Australia también han endurecido
el marco para menores, y la UE viene desplegando un entramado normativo -como
la Ley de Servicios Digitales (Digital Services Act, DSA), Ley de Mercados
Digitales (Digital Market Act, DMA) y la Inteligencia Artificial (AI)-, que rompe
con la idea de que las plataformas son meras intermediarias.
En ese contexto, que España se atreva a plantear un veto total sin margen siquiera para el consentimiento paterno -mientras PP, Junts, ERC o Bildu prefieren fórmulas más flexibles- dibuja a Sánchez como uno de los líderes que quieren ir al límite de lo políticamente posible en defensa de los menores.
¿Líder europeo… o villano digital?
Toda regulación dura tiene un riesgo: que se perciba más
como mordaza que como escudo. Y es ahí donde se va a jugar buena parte del
futuro político de esta apuesta.
Si el relato que se impone es el de un Gobierno que protege
a los adolescentes de un “salvaje Oeste” digital (que exige responsabilidad a
quienes lucran con datos y atención, y que no se deja marcar la agenda por X o
Telegram), Sánchez saldrá reforzado como referente europeo frente a los tecno‑oligarcas.
Si, en cambio, cala la idea de que España se convierte en
laboratorio de censura y vigilancia, la medida puede erosionar su credibilidad
liberal precisamente en aquellos espacios internacionales donde aspira a
liderar la conversación.
Un pulso que va más allá de Sánchez
Desde una mirada feminista y politológica, también es
difícil ignorar quién pierde y quién gana cuando las redes funcionan sin
control: niñas de 10 u 11 años socializadas ya en la cosmeticorexia,
adolescentes expuestos a discursos de odio, acoso y estándares imposibles de apariencia.
Por eso, más que una cruzada personal, este giro regulatorio
puede leerse como un intento de reequilibrar poder entre ciudadanía y
plataformas, entre infancia y mercado, entre instituciones democráticas y
actores privados opacos.
Que este pulso termine consolidando a Pedro Sánchez como
líder europeo dependerá de su capacidad para construir alianzas en la UE, de
escuchar a la sociedad civil y de demostrar, con hechos y no solo con
discursos, que el objetivo no es vigilar más, sino cuidar mejor
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