miércoles, 2 de diciembre de 2015

Día Internacional de la Discapacidad


Lo que más deseaba en el mundo era que cesaran aquellos terribles dolores, sentía que sus carnes se abrían por dentro, como si se desgarrara.

Pasaban las horas: tres, cinco, diez, doce, veinte, veintiocho, treinta y dos... ¡Treinta y dos horas intentando parir, atada a la oxitocina que llegaba a su cuerpo a través de aquel goteo. Angustia, miedo, dolor, mucho dolor. Diez horas sobre la misma camilla esperando a que su bebé quisiese dar la cara. Al final, decidieron que lo mejor sería una cesárea. ¡Por fin!, pensó.

Nunca imaginó que ese terrible dolor sería el más leve de su sufrimiento.

Le conoció once horas después. Recuerda que cuando lo tuvo en brazos, por primera vez, no sintió nada especial; solo tuvo conciencia que era suyo y para toda su vida. Él lloraba

Aprendió a ser madre con el día a día y también ¡con la noche a noche! porque su pequeño no dormía, lloraba continuamente. Parecía que se retroalimentaba de su propio llanto. ¡Llegaba a ser desquiciante, insoportable!

Ella sabía que algo no iba bien. No era normal tanta "perrera" aunque casi todos sentenciaran: "¡es que eres primeriza, los niños lloran, hacen caca y pipí, molestan. Acostúmbrate!"

Finalmente un pediatra, de los muchos que visitó, le regaló un margen de credibilidad e inició un examen al pequeño, ya de tres meses.
-"Tu niño tiene una lesión cerebral, provocada por un infarto cerebral ocurrido, tal vez, en el momento de nacer. Soportó mucho sufrimiento fetal. Es muy pequeño y no podemos decirte que pasará. Probablemente necesite ayuda para moverse. Quizás nunca hable. Puede que ni siquiera sea capaz de recordar su nombre..." Frases que iban cayendo como lozas de piedra sobre su entendimiento, hasta colapsarlo...

Buscó otra opinión, invirtiendo los pocos fondos económicos que le quedaban tras el periplo iniciado buscando respuesta al llanto insistente de su hijo.

Esta vez recurrió a un afamado neurólogo, de gran prestigio, quien no tuvo ni la más mínima condescendencia cuando le dio su diagnóstico:
- Si quieres ser mamá trae otro hijo porque este lo llevarás como una piltrafa, de un lado a otro de la casa, como la más pesada carga durante toda tu vida...

Deseó morir en aquel instante y llevarse a su retoño con ella.

El papá del pequeño quería que su hijo fuese futbolista, ya este no le valía.

Se quedó sola. Lloró durante tres días y setecientas noches... e inició la más ardua de sus batallas, retando al tiempo, a la ciencia, a la vida...
¡Y de momento sigue ganando!

Mantuvo una conversación con su hijo, un día de aquel doceavo
año, sobre su discapacidad, intensa pero apenas visible. Nunca ha podido olvidar aquellas palabras:
-Mamá, no sé que quieres decir cuando hablas de diferencias, yo me siento exactamente igual que los demás. Son los otros los que son un poco diferentes cuando se ríen de cualquier cosa sin gracia ninguna.

¡Qué valor el de aquella personita que se adentraba, sin maldad ninguna, en el mundo de la crueldad, de la discriminación, de las burlas gratuitas!

Otro día de tantos, en un trayecto que realizaba en transporte público, se sentó en un asiento vacío, ¡obvio! A su lado,  un hombre adulto, de unos cuarenta y tantos miraba por la ventana. Sonó su móvil. Ella advirtió que este realizaba un movimiento extraño -pero muy familiar- para extraer el teléfono de su mochila. Instintivamente repasó su cuerpo y descubrió las mismas "señales" que tenía su hijo. 

No se lo pensó dos veces y lo abordó, corriendo el riesgo de recibir algún improperio por respuesta.
-Disculpe que me entrometa en su vida pero, ¿tiene usted parálisis muscular? Así, sin paños calientes. No hace falta entrar en detalles para imaginar la cara con que la miró aquel hombre

-¿Y a usted que le importa? Respondió.

-Bueno, tengo un hijo que la padece y no duermo por las noches pensando en cómo se va a desenvolver en este mundo cuando tiene problemas hasta para rascarse o cortarse las uñas... Me preocupa.¿A usted le ha costado?

-Perdone mi brusquedad pero normalmente la gente pregunta la hora, una dirección... No estoy acostumbrado a ir en la guagua y que me pregunten por mi cuerpo A ver, no existe nadie sobre la tierra que no padezca una discapacidad, solo que unas se pueden curar o mejorar -como la de su hijo y la mía- y otras son incurables, como las que padecen todas esas personas incapaces de empatizar con el resto. No se preocupe innecesariamente, su hijo tiene cuanto necesita y él no hecha de menos nada de lo que usted cree que no tiene, simplemente porque no conoce ni ha experimentado otra forma de moverse. No se preocupe que su hijo se buscará la vida para aliviar picores...

Se sintió estúpida y a la vez satisfecha. "¡Ojalá algún día mi hijo ponga a ralla a alguna metomentodo como yo!" Pensó.

Con el paso de los años y sintiendo una enorme gratitud por quienes la han acompañado en el trayecto recorrido, luchando codo a codo contra la discapacidad como fin, ha visto como su hijo se confunde con el resto de la "masa social", solo destacando por luchador, valiente y buena persona. 

La vida y ser madre la enseñaron que los límites pueden ser rebasados,  las barreras transformadas y los retos alcanzados.

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