martes, 21 de abril de 2015

Tiempo para "paellas" y para "paellos"...

A día arriba día abajo, entorno al mes  para esa cita con las urnas, empiezan los aromas de paella a embriagar nuestros sentidos... y recuerdo aquellas paellas de hace más o menos un año por estas fechas y que nos recordaban las urnas europeas.

No se trata de posibles alergias al marisco, ni de efectos secundarios ni tan siquiera de componentes en mal estado, se trata simplemente de "esas" paellas.



En realidad no dejo de pensar en ello, tal vez sea por la proximidad a las urnas: primero las elecciones europeas, después las municipales y autonómicas y, en menos que canta un gallo -ojalá pase así de rápido- las nacionales... Lo cierto es que, a mi parecer, cada vez que tenemos elecciones a la vuelta de la esquina huele a inauguración -¿escribí "inauguración"? Ah no, eso no, no es así que está prohibido-  a paella sí.

Desde hace unos años, distintos gobiernos de nuestro país, ora municipales, ora insulares, ora autonómicos, se han empeñado -y lo veo bien- en que los ciudadanos nos enteremos del precio del mobiliario urbano o de  los distintos servicios que ofrecen y que se paga, principalmente, con el dinero que se recauda.

¡Oiga que no se puede ir por la vida quemando contenedores de basura, que cada uno vale unos 300 euros más o menos! Tampoco está nada bien que determinados ciudadanos destrocen bancos (de los de sentarse en parques y plazas) porque cada uno cuesta a las arcas municipales aproximadamente 600 euros.
¿Saben cuánto nos puede costar una farola a los ciudadanos? Pues más de 1.300 eurillos

Total que, más o  menos, sea de aquí o de allá, un consistorio bien provisto de clientela tiene que dedicar más de 120.000 euros del presupuesto anual para reparar todas esas "cosillas" o, (¡no me reprimo y lo escribo!), golfadas y gamberradas propias de analfabetos y cavernícolas del siglo XXI.

Pero, ¿qué ocurre si es al revés?. ¿Qué ocurre si los golfos son los otros?

Hace unos años, en una calle de Santa Cruz, sentada en el borde de una acera, esperando a ver pasar la cabalgata anunciadora del carnaval de Tenerife, tenía frente a mi una grada vacía, con espacio para que 50 personas -o tal vez más- pudiesen estar cómodamente sentadas, viendo al pueblo desde arriba -como deben estar acostumbrados- pero, ¡el graderío estaba vacía porque todos estaban abajo!

A los pies de la tarima se había instalada una carpa al alcance de ellos y solo para ellos. 
Todos los que quedábamos del otro lado de la valla  podíamos ver en su interior  mesas vestidas de blanco, perfectamente engalanadas, con copas de fino cristal y elegantes servilletas. 
Al menos tres patas de jugoso jamón -y debía de ser del bueno- entretenían a aquellos camareros, perfectamente uniformados, que no paraban de cortar aquellas provocativas lonchas de serrano  mientras eran engullidas por aquellos personajes públicos. 

Además, ocupando una mesa en el centro, como si fuera la anfitriona, sin disfraz, tal cual, descarada, desafiante, seductora e irremediablemente excitante lucía aquella paella...¡Cuánto deseo despertaba!...sobre todo a los que, como yo, fuera de su alcance, nos conformábamos desde la altura del borde de la acera con una botella de agua y una bolsa de pipas, en el mejor de los casos.

Sinceramente, esto pasó hace muchos años pero no he podido olvidar tamaña provocación... Tampoco sería lógico obviar que la crisis y "La Transparencia" en el gasto de dinero público no permitiría que semejante dispendio pasara inadvertido que si no... ya, ya, ya veríamos -o no-

Nunca he podido olvidar el deseo irreprimible que despertó en mi aquella paella  que, por otra parte he sabido encauzar con los años y sin que me quedaran efectos colaterales.

Vuelvo a la paella que quedó clavada en mi mente como la sonrisa de la Gioconda en Miguel Ángel . Pienso en aquella maravilla y en otras idénticas que he visto en distintas ocasiones y, me pregunto cuánto se paga por ellas.

Intento hacer cuentas. Una paella para 60 o 70 personas, de marisco, con sus lapas, sus langostinos, su cangrejo y demás tiernos y suculentos ingredientes podría tener un precio aproximado de 1200 euros, a lo que debemos sumar los complementos correspondientes para que exista un equilibrio obvio en tal ágape que, sin querer quedarme corta, puedo cuantificar aproximadamente unos 3000 euros. 

Pero en horas, ¿cuál es su precio en horas?
¿En horas? Sí, en horas

Vuelvo al principio del texto, me repito y me pregunto, ¿no cuantifican ellos los bancos, farolas, contenedores, fachadas pintadas en euros? ¿Qué problema existe en qué yo quiera traducir una paella privada, pagada con dinero público, en horas trabajadas?
Aparentemente ninguno.

Teniendo en cuenta que el dinero público se recauda a base de impuestos, echo mano de los salarios mínimos  interprofesionales y alargo un poco mi imaginación lo que me lleva a admitir que, tal vez, no sería demasiado complicado averiguar respuestas a estas preguntas:
-¿cuántos madrugones de un panadero son necesarios para comprar  3 kilos de langostinos?
-¿cuántas noches de un celador de guardia serían suficientes para adquirir en el mercado 3 kilos de calamares?
- y, para añadir 3 kilos de mejillones ¿cuántas noches en vela de un conductor de transporte público?
-¿cuántas horas de corregir exámenes de un profesor para que también esté provista de almejas y lapas?
-¿Cuántas horas en un punto de reciclaje -con el olor nauseabundo en la pituitaria- para que unos cuantos se deleiten con el aroma que desprende el arroz caldoso...?
Y así podría seguir con cada una de las ocupaciones laborales

A veces, cuando veo esas "macropaellas" con las que se agasajan los gobernantes, pagadas con el dinero de todos, mi imaginación me juega malas pasadas y me parece ver a mis amigos, familiares, vecinos...como componentes culinarios  engarzados entre granos de arroz, en una de esas paellas que otros engullen sin percatarse de lo mucho que cuestan...

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